«Un folio para el Taranto», de Fernando Quiñones (marzo 1.988)

No cabe dudar, ni nadie duda, del papel esencial que las Peñas desenvuelven hoy en el panorama del arte flamenco. En efecto, prácticamente desaparecidos los antiguos y animados refugios públicos de la clásica «reunión» (tabernas y aun restaurantes primero, bares más tarde); casi inexistentes también los tablaos sucesores de los añejos cafés cantantes; voladas del todo seculares «escuelas» de contacto; comunicación y enseñanza flamencas, y en claro descenso los festivales por muchas razones que no es del caso elencar aquí, la vitalidad del flamenco, sus naturales necesidades de manifestarse y ser disfrutado y aprendido tanto por artistas como por oyentes, han apelado a la fórmula peñística como recurso salvador.

De ahí la llamativa proliferación de las Peñas y su auge, de los que brindaré un solo ejemplo: el de la Peña Enrique Morente, tan lejos de la habitual geografía flamenca como que está en Oviedo, es de creación reciente, edita un digno boletín-revista y cuenta con casi cuatrocientos socios de pago y asturianos casi todos, con sólo un número muy reducido de andaluces; entiendo que este último dato es peculiarmente revelador para medir la fuerza y el interés actuales de las Peñas Flamencas.

No sé cuántas habrá en España, pero sí que son legión, y también que El Taranto de Almería, ahora en sus bodas de plata, cuenta entre las más eficaces, mejor montadas y con mayor «sentido de servicio» podríamos decir.

Las páginas que siguen me eximen de palabras oclosas; ellas reflejan la ejecutoría, la ejemplaridad y el esfuerzo permanente de esta asociación para seguir cumpliendo sus funciones y siendo digna del ensolerado, casi inverosímil lugar que la cobija -unos metros cuadrados de medievo; los aljibes árabes de la capital almeriense- así como del prestigio y respeto que su sola mención suscita entre aficionados de toda España e incluso en dilatados sectores ajenos al arte y al vivir flamencos, ya que, de modo generoso, su directiva y sus venerables muros acogen también otras actividades culturales, sin merma de la que constituye su razón de ser.

Fernando Quiñones, amigo de El Taranto
Madrid, marzo 1.988